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Ética y política

Ética y política

Enrique Zenteno

INTRODUCCIÓN.

El hombre es un ser libre, con capacidad de autodeterminación y puede elegir libremente. Esta elección es consecuente con su conocimiento, el que define el carácter de su conducta vinculada con su conciencia moral, que aprueba o desaprueba un determinado acto.

Tanto la moral, como el derecho y los usos sociales, forman parte de un todo mayor: la ética.

Hablar de ética no es una abstracción, pues uno pasa a ser el otro, el prójimo, ya que  en cada acto se está obrando directa o indirectamente sobre una vida:» Nunca se roba algo, se le roba a alguien».

La moral hace referencia a aquellas pautas interiorizadas por el individuo quien se las autoimpone, no como obligación, sino como necesidad de conciencia, por el simple hecho de provenir o formar parte de «lo bueno», de su idea de bien.

Los usos sociales recogen esos comportamientos deseables y ya aprobados por una comunidad, es decir, se hacen costumbres sociales. Son normas consuetudinarias

Derecho es el conjunto de normas jurídicas, emanadas por un órgano competente, concebidas como una ordenación racional y coercible del comportamiento social valorado según un criterio de justicia. Las mismas constituyen una prescripción, o sea, la imposición de la voluntad de la autoridad normativa sobre la voluntad del sujeto o destinatario.

DESARROLLO.

El hombre, por naturaleza, tiene la capacidad de perfeccionarse y de superarse día a día, es perfectible, tiende a alcanzar la plenitud. Para llegar a tan preciada meta es necesario vivir en sociedad; el ser humano necesita de los demás para construir el mundo o el ambiente propicio en el cual buscará alcanzar esa plenitud, fundamento esencial de la felicidad.

Por ello el hombre necesita de la sociedad política, pues nada es pleno si no se comparte, confronta y comunica a los demás, pues el bien es expansivo, comunicativo: «Nada hace útil a la sabiduría si no se la comunica mediante la educación, la sabiduría debe compartirse”.

El hombre se reúne en sociedad, representada por el Estado el cual tiene siempre como fin principal el bien común de la sociedad, definido en nuestra Constitución en su art. 1 inciso 3. El bien común no es el bien individual, no es la suma de la porción de felicidad de cada individuo integrante de una comunidad, pero tampoco es un bien que nada deba a las partes. Es la integración sociológica de todo lo que hay de virtud y de riqueza en las vidas individuales, y que tiende a perfeccionar la vida y la libertad personal de cada ser. No es utilidad solamente, sino un fin bueno en sí mismo, sujeto a la justicia y a la bondad. Es el fin último de la vida social.

La política es la ciencia social y práctica cuya aspiración es la búsqueda del bien común de los integrantes de una comunidad. El bien común no es sólo la tarea del poder político sino, también, la razón de ser de la autoridad política.

Por lo tanto, es el bien común, el principio y el fin ético de un Estado. Será bueno todo aquello que beneficie, tienda, acreciente o promueva el bien común. Será malo todo aquello que tienda a perjudicarlo, disuadirlo, disminuirlo, etc.

Destacándolo, es deber de todo estado democrático promover el bien general. El preámbulo de la Constitución de Chile (Art. 1, inc. 3) establece:

“El Estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y garantías que esta Constitución establece”  , “Es deber del Estado resguardar la seguridad nacional, dar protección a la población y a la familia, propender al fortalecimiento de ésta, promover la integración armónica de todos los sectores de la Nación y asegurar el derecho de las personas a participar con igualdad de oportunidades en la vida nacional” .  Por tanto, el bienestar general se lograría por medio de una igualdad legal auténtica realizada como justicia social, cuya finalidad es obtener una más justa distribución de la riqueza entre todos los grupos sociales. El Estado debe intervenir para asegurar el mínimo de bienestar para todos y esto, sin demagogias.

En resumen, la naturaleza de un Estado como representante de la sociedad política, es la búsqueda del bien común. El Estado se desnaturaliza, es decir pierde su esencia, cuando se corrompe, con lo que ya no tiende al bien común sino que se desvirtúa transformándose en provecho de unos pocos.

Tradicionalmente definimos las formas de gobierno en monarquía, aristocracia y democracia cuando una autoridad personal, una minoría o una mayoría gobiernan para el conjunto. Estas serían las formas naturales. En cambio, en el ejercicio impuro del poder, hay tiranía, oligarquía y demagogia cuando un tirano, una minoría o una mayoría gobiernan para sí mismos. Estas serían formas desnaturalizadas.

Los factores que conducen a la desnaturalización del Estado, a su proceder éticamente negativo, inmoral, ilegítimo e ilegal son principalmente: a) el economicismo, b) la tentación del poder absoluto y c) la pérdida de un orden político.

  1. a) El economicismo se da siempre que el dinero ocupa un lugar preferencial en la escala de valores de una sociedad, situación en que parecen estar hoy las cosas en la mayoría de los países. Lo común se da cuando un funcionario viola sus deberes de lealtad al pueblo y como consecuencia de alguna condición económica, es decir, “cuando hay dinero de por medio”.

Se nos presenta entre los políticos que “viven de la política”. En este caso los representantes de la sociedad, por su ambición, permiten que en el ejercicio de las acciones políticas, estas dejen de valer por sí mismas y se rebajen al nivel de un valor instrumental al servicio de su propio enriquecimiento personal.

  1. b) La tentación del ejercicio del poder tiende a corromper y tiende a buscar el poder absoluto que corrompe absolutamente en aquellos que carecen de una sensibilidad moral excepcional y que como personas ordinarias, comunes y corrientes, pueden sucumbir frente a la tentación extraordinaria que surge de las inmensas posibilidades del poder, razón por la cual existe la separación de poderes, bajo el ideal de que “sólo el poder, limita al poder”, pues los gobiernos son medios de servir al país y no a otros fines.
  2. c) Bajo cualquier sistema político existe un orden político natural en el cual la acción política debe contenerse en aras de la estabilidad y el bienestar de la nación. El orden político es la única posibilidad de trabajar por el bien común. Su contraparte, el desorden político, implica el desquicio general de las funciones sociales, de modo que nadie trabaja en lo que le compete o lo hace desaprensivamente.

Podemos, lógicamente, reducir los tres factores de desnaturalización del Estado, anteriormente mencionados, a un solo eje fundamental: la conducta, que, entre otras acepciones, es el modo como los hombres gobiernan su vida y rigen sus acciones. Es ya sabido que el hombre es un ser libre, capaz de autodeterminación y que actúa según una razonada elección. También dijimos que la ética se rige por la moral, el derecho y los convencionalismos sociales.

Por lo tanto una conducta será éticamente positiva siempre que el hombre encamine su vida conforme a las costumbres sociales y a las normas jurídicas vigentes, y a principios morales, que por naturaleza indican qué es lo bueno, para que no se queden sólo en el campo de la abstracción o el conocimiento, sino que se los concrete mediante su observancia. En resumen, será una conducta acorde a la ética aquella conducta que sea virtuosa.

La virtud es la disposición constante de la persona a conducirse de acuerdo al bien y a evitar rigurosamente el mal. Las virtudes que hacen ética  una conducta, y que son, además, considerandos indispensables en un estado democrático, podemos expresarlas en las siguientes:

  • Austeridad: consiste en llevar una vida modesta y de probada honradez.
  • Veracidad: virtud que nos conduce siempre a manifestar lo que creemos o pensamos.
  • Lealtad: nos obliga a ser fieles y rigurosos en el cumplimiento de los compromisos y obligaciones, en la correspondencia de afectos, etc.
  • Tolerancia: respeto y consideración de las opiniones ajenas. No es aprobar el error, sino simplemente, la capacidad de convivir con lo diferente y rechazar lo irracional.
  • Espíritu de trabajo: Inclinación a realizar con entusiasmo y eficacia las labores que se emprenden.
  • Perseverancia: firmeza en los propósitos o en la prosecución de algo que se ha comenzado.
  • Caridad y Fraternidad: consiste en considerar a nuestros semejantes como hermanos. Es el amor al otro que se manifiesta mediante acciones de respeto, beneficencia y benevolencia.
  • Patriotismo: vínculo espiritual que nos une incondicionalmente al país que consideramos como la Patria. Se manifiesta sirviendo con amor y abnegación, alentando los ideales de la Nación, reverenciando sus glorias, amando su tradición y respetando sus símbolos y sus instituciones.
  • Abnegación: es un sentimiento que nos mueve a dejar de lado nuestros propios afectos o intereses en servicio del país, para el bien de la comunidad en general, para el bien de los otros.

Es fácilmente entendible entonces que los tres factores de desnaturalización del Estado tienen su semilla o su fundamento en una conducta éticamente negativa: en el materialismo, en la mentira, la ambición, la deslealtad, la intolerancia, la irreverencia, en la carencia de patriotismo, en el egoísmo etc.

Válida es la ocasión de mencionar, sin entrar en detalles, lo que se puede mantener doctrinalmente como filosofía de conducta “cuando los altos fines sólo se alcanzan si los medios son adecuados a su altura. Ubiquemos así los medios en el plano del deber constante e inmediato, y surgirá la filosofía realmente creadora de conducta, que es unidad e interacción entre el esfuerzo moral-personal y el político o social que lo incluye. Esta filosofía de la conducta es la única que podrá reintegrar al hombre-espíritu en la construcción de un mundo de paz y de amistad”.

Filósofos de gran influencia sostienen que la ley moral lleva implícita la libertad y el orden, siendo su más difundida máxima de conducta: «Haz el bien por el bien mismo». “Obra de tal manera que tu querer pueda constituirse en una regla universal del actuar” (Kant)

Plenitud, es una totalidad, integridad. Observaremos entonces como esta filosofía es el camino para alcanzar entre nosotros la plenitud del hombre, quien vive en sociedad para alcanzarla, configurándola al nivel de un bien común, principio y fin de la existencia de la política.

La historia de nuestro país muestra como, buscando lo mejor para la concreción de un superior estilo de vida al servicio de la consecución del bienestar común, se han obtenido, en un proceso que comienza los últimos años del Siglo XIX y que aún no termina, la emancipación y la independencia, el desarrollo, la democracia y la libertad. Pero aún no hemos concluido: la igualdad y una realización personal verdadera para todos son, todavía, tareas pendientes.

Nuestra organización social y nacional, se fundamentó sobre dos grandes bases. Una es considerar la política como una concepción ética de la vida. La otra afirmar la democracia como la forma institucional de vida autónoma, de la libertad ciudadana y de la soberanía de la nación.

Para concluir estas notas sobre nuestro pensar, me parece oportuno destacar que la pérdida del camino ético de la política no es más que el reflejo de una sociedad que también ha perdido el sendero de su realización. Al fin y al cabo, los hombres de la política, forman parte de la sociedad a la cual representan y dirigen.

CONCLUSIONES COMO CONSECUENCIAS.

Es increíble cómo la indiferencia individualista ha llegado a atrofiar nuestros más profundos sentimientos, cómo el egocentrismo nos ha llevado a disimular y a enceguecernos frente a aquellas personas que necesitan y suplican una mano que les ayude, que les sirva de guía. Es tal la ausencia de solidaridad observada, que nos ha llevado al extremo de la indiferencia total, al no ver frente a nuestros ojos, compatriotas a los que muchos consideramos conciudadanos nuestros, que viven sin esperanzas de una realización personal y sin reconocer sus prerrogativas a las que tienen perfecto derecho.

Es imposible pensar que en sociedades corruptas y desnaturalizadas, que no saben de dónde vienen ni adonde van, que han olvidado su pasado y por lo cual no tienen opciones de un  futuro mejor, en donde la hermandad y la falta de espíritu ciudadano son palabras cada día más en desuso ya que cada cual busca sobreponerse al prójimo en vez de, mancomunadamente, buscar lo mejor para todos y donde nos gustaría ver surgir una minoría dirigente inmune, a tan peligrosa enfermedad, como lo es la corrupción, la falta de patriotismo y lo peor de todo, la indiferencia.

Pero también es cierto que la clase dirigente, que en realidad no es «clase» sino minoría, es la encargada de dirigir y de dar el ejemplo a la comunidad y por lo tanto, tiene una mayor responsabilidad. Es decir,  enderezar, llevar rectamente una cosa hacia un lugar señalado.

Creo que en nuestra Nación, ya estamos tocando fondo, estamos siendo fiel imitación de la sociedad anteriormente descripta. Ahora hace falta un cambio rotundo de mentalidad ya que es lo único que nos permitirá «salir nuevamente a flote«… Y todo indica que ante la tierra sufriente y desesperanzada, entre nosotros, esa realidad ya está lo suficientemente abonada para comenzar a sembrar ese cambio, y como ente institucional que actuamos con prospectiva, debemos comenzar a sembrar futuro. Afortunadamente nuestro país de a poco está madurando, está creciendo junto a la democracia, ha «aprehendido» su dolor y ha aprendido de él. El chileno ya no quiere limosnas ni favores, quiere trabajar y que su esfuerzo sea verdaderamente evaluado, el chileno de hoy tiene sed de justicia, se ha fortalecido en la vida democrática, exige respuestas de sus representantes, respuesta ante la verdad y la condenación de la inmoralidad.

Vemos, entonces, como la falta de ética, que se traduce en injusticia a todo ámbito, es un problema de fondo. Tenemos que tomar conciencia de que somos muchos los que conformamos una sola nación, nuestro Chile. Tenemos que replantearnos quiénes somos, a dónde vamos y a dónde queremos llegar. Sobre la experiencia del pasado, ante los valores de aquellos que forjaron la libertad y la democracia, ,como patriotas y como chilenos, deberemos empezar de nuevo, siempre con los ojos puestos en el futuro, apoyados firmemente en el presente, pero sin nunca olvidar nuestro pasado.

“Fuimos y somos polvo de la tierra, pero queremos llegar a ser polvo de estrellas…”

Enrique R. Zenteno Yáñez

BIBLIOGRAFÍA:

1.- Constitución Política de la República de Chile, 17 de Septiembre de 2005.

2.- Ética y Política – Una relación obligada. Prof. Laura Alarcón Menchaca. 2002.

3.- Ética y Política, Aranguren J. I.,  Guadarrama, Madrid 1963

4.- Razón comunicativa y responsabilidad solidaria. Cortina A. Sígueme. 1955.

5.- Moral pública y privada, FCE, Lévinas E.,Madrid 1983;

6.- El Príncipe, Maquiavelo N.,  Alianza, Madrid 1993

7.- El Político y el Científico, Weber M.,  Alianza, Madrid 1981

8.- Ética y Filosofía Política, Oppenheim F. E.,  FCE, Madrid 1976;

9.- Teoría de la justicia, Rawls J., FCE, Madrid 1979

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