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La filosofía clave para una educación de calidad

La filosofía clave para una educación de calidad

Por Arturo Herrera Verdugo

 

Abstract

La Filosofía, una “huella” que hace surgir la diferencia, que en medio de nuestra propia identidad hace aparecer lo distinto, lo diverso, lo perdido, lo olvidado. Es una señal que nos recuerda lo desaparecido, y lo hace presente de nuevo como una “huella imborrable”. Pero si se comprende la educación como un “saber vivir”, un conocimiento para la vida misma y para forjar sentidos, la Filosofía aparece como indispensable. Y lo es simplemente porque su utilidad radica en sí misma, en su propio despliegue. Es necesaria, porque es  “praxis thelia” o fin en sí misma, a decir de Aristóteles.

“Sin una huella que retuviera al otro como otro en lo mismo, ninguna diferencia haría su obra y ningún sentido aparecería”. Este célebre pensamiento del gran filósofo francés, Jacques Derrida, permite adentrarnos sin obstáculo en los infinitos horizontes del pensamiento filosófico, en ese espacio sin límites que busca “libar” – de algún modo – el sabroso gusto de la verdad

, del bien y de la belleza, por el simple hecho de su gozo intelectivo, por el mero placer del conocimiento en sí de aquellos grandes fines que han hecho del ser humano un ser único, presente, sutil y trascendente.

Heráclito, Parménides, Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Immanuel Kant, Friedrich Hegel, Baruch Spinoza, René Descartes, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre, Adam Smith, Jurgen Habermas, Hannah Arendt, Adela Cortina, Simone Weil, Chantal Mouffe, Fernando Savater, Derek Parfit, Alasdair MacIntyre, y otros más cercanos geográficamente, como Jorge Millas, Humberto Giannini y Carla Cordua y tantos otros que – por el sólo hecho de no ser nombrados nos condena a un paseo por el infierno de Dante[1] -, constituyen esa pléyade de hombres y mujeres habitantes del Parnaso que han hecho del pensar un tesoro inapreciable e imposible de medir.

Todos ellos han hecho de la Filosofía un placer sublime, un gozo que Séneca llamó el placer de la virtud que sólo se encuentra en sí misma. “Procura buscar en derredor tuyo alguna utilidad permanente, en el bien entendido que no lo son más que aquellos que el alma encuentra en sí misma. Sólo la virtud nos procura un goce perpetuo y seguro”, nos decía el filósofo romano.[2]

En este pensar – racional por esencia y fin – se han formulado las grandes inquietudes de la humanidad, las preguntas eternas por el sentido, por la trascendencia del hombre para algunos o su “finitud radical” para otros. Recordando al filósofo alemán Peter Sloterdijk, quien recién el año pasado estuvo en Chile invitado por el Centro de Estudios Públicos, CEP, comentaba que el filósofo es como el gladiador que triunfa en la arena, que permanece de pie y que desde esa altura es capaz de mirar lo que ocurrió a su alrededor y pensar sobre ello[3].

Filosofía y poesía, las formas más sublimes del pensar, son tan excelsas que están más allá de las discusiones reduccionistas respecto de su utilidad, de si sirven para algo, de si generan algún producto medible y material. Existen simplemente – y de ahí su majestad – para recordarnos el sentido de lo que somos, de nuestra humanidad misma. Nos evocan nuestro origen y nos ponen un propósito. Nos obligan a colocar la mirada sobre nosotros mismos y redescubrir el trasfondo que nos hace seres humanos.

Y esto no solo es válido para la cultura occidental, construida sobre la base del pensar filosófico clásico. Es también relevante para el mundo oriental, que al igual que occidente, fue construido sobre la base de un pensar de carácter filosófico, donde se formularon inquietudes semejantes respecto de la existencia humana. Figuras como Confucio y Lao-Tse, entre tantos otros, son prueba de que la Filosofía no se deja atrapar por limitaciones ni por imposiciones arbitrarias, que busca – cual héroe griego – abrirse paso por las aguas tormentosas y mirar la “universalidad” de lo humano, independientemente de las legítimas particularidades culturales o psicológicas.

La Filosofía, por tanto, es ese saber que inscrito en la historia de la humanidad que nos permite un “pensamiento crítico”, es decir, pensar por uno mismo, un “pensamiento creativo” o capacidad de resolver problemas, y un “pensamiento cuidadoso” o la sabiduría de tener en cuenta a los demás. A fin de cuenta, la Filosofía es ese pensar que cada cierto tiempo nos recuerda nuestra humanidad y nos obliga a preguntarnos sobre el sentido de la misma.

Más Filosofía = Más Justicia

No hay que olvidar que – en el fondo – la Filosofía es una disciplina “subversiva” en el buen sentido, pues despeja los velos que impiden mirar en lo profundo. El conocimiento de la verdad, de la belleza y del bien es una tarea ardua. Es un estilo de vida y una manera de enfrentar los desafíos de la existencia, pues implica correr los velos que mantienen al ser humano en la ignorancia, el engaño o el dominio.

Ello, muchas veces implica cuestionar los parámetros existentes, las ideas impuestas, las reglas sin sentido, y esto – por cierto – no le parece correcto a aquellos que detentan un poder indiscriminado, a los autoritarios y a los que hacen del abuso un actuar cotidiano. Entonces, la Filosofía se vuelve peligrosa y surgen las amenazas que pretenden condenarla al olvido.

Las tiranías y las organizaciones abusivas lo primero que hacen es suprimir la Filosofía y la Poesía. De hecho, el mejor indicador para verificar la decadencia de una cultura, de un país, de un gobierno o de una institución es la conducta que mantienen en relación con estas disciplinas. Cuando la Filosofía y sus distintas dimensiones como la Dialéctica, la Metafísica, la Ética, la Axiología, la Filosofía Política, la Lógica y hoy la Antropología Filosófica comienzan a ser reducidas o abiertamente suprimidas, es señal inequívoca del inicio de un proceso de “catábasis moral” y, por tanto, del fin de su existencia.

La Filosofía clásica entendió que la realidad material, sensible, es fundamentalmente diversa, cambiante, plural y variable y, como tal, imposible que aportara a un conocimiento verdadero. Sólo era “doxa”. En el fondo de la realidad objetiva debía haber “algo” único, invariable y permanente sobre el cual pudiera producirse un conocimiento superior. Ese conocimiento de las esencias o “episteme”, era propiedad exclusiva del filósofo que le permitía una vida contemplativa y feliz.

La Filosofía, por tanto, sigue teniendo ese rol de ir más allá de las apariencias, de buscar la verdad inscrita en la realidad y prevenir del engaño y de los artificios intelectuales. Este rol, que ya el mundo clásico nos legó, es peligroso para quienes buscan mantener cualquier tipo de control y dominio.

De ahí, entonces, que mientras más se despliegue la Filosofía, más anchos serán los caminos para la justicia.

De la “Filosofía pura” a la “Antropología Filosófica”

Hace un tiempo un grupo de estudiantes le pregunto al destacado filósofo chileno, Gastón Soublette, sobre el rol de la Filosofía en la educación, y su opinión sobre la propuesta de reducirla o abiertamente eliminarla de la malla curricular de la educación secundaria. Soublette respondió haciendo una interesante distinción entre lo que llamó la Filosofía pura de Kant y Hegel, más ligada a la Metafísica, y la Filosofía aplicada de hoy que denominó más bien como “Antropología Filosófica”.

Al respecto, recordó la Filosofía que hoy hace uno de sus cultores más destacados, como el coreano Byung-Chul Han y sobre ello señaló: “Él escribe sobre la sociedad, filosóficamente y con un lenguaje filosófico, pero en sus escritos se refiere básicamente a la sociedad. Esta no es la clásica ni típica Filosofía metafísica, sino más bien Filosofía con Antropología, Sociología y Psicología. Yo diría, entonces, que es una Antropología Filosófica. Esta Filosofía moderna aplicada a la problemática de la sociedad es en extremo necesaria, y si la suprimen se crea un tremendo vacío”[4].

Gastón Soublette pone el acento en un tema fundamental. Independientemente de que la Filosofía históricamente haya pensado respecto de los grandes problemas del hombre en su dimensión más bien metafísica, y que hoy reflexione sobre las problemáticas del ser humano “inculturado”, sigue existiendo un fin que es común y que se mantiene. La preocupación por entender al ser humano.

Mientras haya Humanidad, habrá Filosofía.

La Filosofía en la Educación

Por esta enorme capacidad reflexiva de la Filosofía es que esta disciplina se ha tornado especialmente necesaria para cualquier proceso educativo que se considere como tal. Si se entiende la educación como mera entrega de datos – o “polimatía” -, en orden a cumplir determinados fines pedagógicos, entonces, la Filosofía se torna innecesaria e inútil.

A raíz de lo anterior, se ha dado una incipiente discusión respecto de su utilidad, es decir, si es una disciplina que sirva productivamente y que, como tal, pueda medirse. Se le pretende “aprisionar” en indicadores de resultados, de logros y de aprendizajes, se busca estandarizarla, ponerle objetivos específicos, homogeneizarla, sin comprender que el potencial de la Filosofía es de tal profundidad y anchura que no se deja atrapar por dichos esquemas.

Pero si se comprende la educación como un “saber vivir”, un conocimiento para la vida misma y para forjar sentidos, la Filosofía aparece como indispensable. Y lo es simplemente porque su utilidad radica en sí misma, en su propio despliegue. Es necesaria, porque es  “praxis thelia” o fin en sí misma, a decir de Aristóteles.

Por esto, es muy poco entendible que, en los últimos años, se haya generado en Chile un conjunto de propuestas que han tendido a minimizar la Filosofía en la educación secundaria e, incluso, a eliminarla. Se ha pretendido cambiar esta materia por otras de menor entidad, como “Formación Ciudadana”.

Lo mismo acaba de ocurrir con las asignaturas de Historia, Artes y Educación Física. Los gestores de esta decisión hasta el momento han sido incapaces de entregar argumentos válidos y responder preguntas básicas como: ¿Por qué se dejó obligatoria la Filosofía y se hizo opcional la Historia?, ¿por qué Historia es menos importante para la formación que Ciencias y Matemáticas?, ¿por qué hacer opcional Historia justo en el momento de mayor necesidad y madurez de los estudiantes? Se ha dicho que esta asignatura no se elimina, sino que se deja opcional, pero ha habido una clara insuficiencia para explicar dicho cambio.

Volviendo a la Filosofía. Las razones que en general justificaron la decisión de minimizarla fueron – por lo menos – poco comprensibles. Se buscaba que las mallas curriculares fueran más ágiles y que se evitaran sobrecargas académicas innecesarias, a fin de que los alumnos aprendieran aquellas disciplinas que fuesen realmente útiles para la vida profesional.

El problema con ello es que se desconoció siglos de tradición educativa, pues la verdadera educación no debe ser sólo útil para el trabajo, sino que fundamentalmente para la vida en su conjunto. Al eliminar o reducir la formación filosófica se pretendió dejar tiempo y espacio para materias que debían responder más bien a fines utilitarios, olvidándose de los objetivos trascendentes y superiores de una auténtica formación de hombres y mujeres.

De esta manera, la educación chilena sucumbía a una forma de entender la formación basada exclusivamente en la razón instrumental, en esquemas productivos, en matrices conceptuales economicistas y en una visión del ser humano concebido como mero mecanismo de un sistema. Se pretendía con ello borrar de un solo golpe una formación que permitiera a los jóvenes ver al ser humano como “rostro”, como otro legítimo, fundado en la intersubjetividad, a decir de Emmanuel Lévinas[5]. Con esto se ganaba en buenos trabajadores y consumidores, pero se perdía humanidad, capacidad de reflexión y sentido de la vida.

No era casual que se pretendiera cambiar la educación en Filosofía por formación ciudadana. Dado que en Chile se ha producido en los últimos años un muy creciente alejamiento del ciudadano respecto del sistema político tradicional y de sus formas de participación. Se buscó cambiar tal situación mediante un esquema “conductista”, que condicionara y obligara a la gente a volver a involucrarse políticamente.

En vez de incentivar la reflexión y la autonomía, mediante la Filosofía, se decidió promover la heteronomía y el cumplimento de reglas, a través de la “formación ciudadana”. Los jóvenes no debían aprender a pensar por sí mismos, a motivarse críticamente, sino que debían conocer memorísticamente el sistema político, suponiendo que con ello se fortalecería la convivencia social y política.Esto fue rápidamente advertido por los hombres y mujeres que han hecho de la Filosofía su razón de ser. Las críticas no tardaron y fueron fundadamente lapidarias. Fue tal la contundencia, la sabiduría y la coherencia de los argumentos ofrecidos, que a muy poco andar el Ministerio de Educación debió revertir su decisión y volver a instalar la formación filosófica en el sistema escolar. Falta ahora analizar qué ocurre en el sistema universitario. Se requiere saber si en este espacio formativo hay verdadera reflexión crítica o sólo existe para construir profesionales aptos para el trabajo.

¿Para qué, entonces, la Filosofía en la educación?

Para formar seres humanos integrales, capaces de pensar respecto de sí mismos y de la co-existencia social y política, para hacerse responsables, empáticos, críticos, propositivos, abiertos al cambio, constructores de sentidos. Simplemente para pensar, por el mero gusto de pensar, por el sólo hecho de re-descubrir nuestra humanidad, para salir de la inmanencia ciega de lo cotidiano y abrirse a las preguntas que a lo largo de los siglos nos recuerdan la belleza de nuestra propia existencia. ¿Para qué la Filosofía? Para preguntar sobre la verdad, el bien y la belleza, aunque muchas veces no haya respuestas, para sentirnos vivos, para saber que no estamos solos.

En rigor, la Filosofía es la “huella” de nuestra propia existencia.

 

[1] Dante Alighieri. La Divina Comedia. Editorial Océano, México, 2013.

[2] Séneca. Epístolas morales a Lucilio. Editorial Gredos, España, 2013.

[3] Conferencia de Peter Sloterdijk, en la Biblioteca Nacional. Santiago, 2018.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=neci7LTwH_8

[5] Cfr. Zygmunt Bauman. Ética Postmoderna. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2005.

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