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Maestro, masón y político

Maestro, masón y político

Introducción

“Gobernar es educar y con este firme concepto aprovecharé toda la fuerza de que el Estado pueda disponer, para despertar el espíritu constructivo de organización y perseverancia, que tanto necesita la colectividad nacional y rectificaré el abandono en que se ha desarrollado la educación pública, que nos ha legado un considerable porcentaje de analfabetos, en una época en que el adulto interviene en sindicatos, asociaciones y otras múltiples actividades que requieren cultura y comprensión patriótica”.

Con aquellas palabras, el Presidente de la República Pedro Aguirre Cerda, se dirigía por primera vez al Congreso Pleno, el 21 de mayo de 1939. Allí hablaba de “Fuerza”, de “Espíritu”, de Construcción”, de “Organización”, de “Perseverancia” y de “Rectificación”.

En las breves líneas que acabo de citar, plasmaba desde la Primera Magistratura Patria, lo que había sido una vida completa desarrollada en torno a tres pilares: a mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos, a la política, y por cierto, a la Educación.

En este artículo, abordaremos sucintamente este último aspecto, que es, no obstante, inseparable de los otros dos pilares. Porque hablar de Pedro Aguirre Cerda, es necesariamente hablar de una transformación profunda de aquel Chile agrario, pobre, y analfabeto, que dio paso a uno incipientemente industrializado, con algo más de riqueza material y espiritual, y sobre todo, a un Chile que puso la Educación en el centro de la ética gubernativa y ciudadana,

Pedro Aguirre Cerda y La Educación

El día 27 de noviembre de 1941, apenas dos días después de acaecida su muerte, la revista Ercilla, en un suplemento especial dedicado a la memoria del fallecido Presidente de la República Pedro Aguirre Cerda, escribía el siguiente texto en su editorial:

“GOBERNAR ES EDUCAR fue su lema. Y merece constituir su único epitafio. Porque nació a la esperanza, sirviendo como maestro, Vale decir, educando. Sabía que el misterio del destino esconde su llave de progreso en la siembra de ciencia. Metódico y constante, arrojó sus semillas de luz en las escuelas primarias, en los colegios secundarios, en el aula de la Universidad. Pero el marco era estrecho. Y entonces continuó sus lecciones desde las altas cátedras de la política militante. Fueron lecciones suyas sus desempeños en todos los cargos republicanos, incluso en la primera magistratura de Chile.

Pero faltaba coronar la última lección. Porque su vida fue una enseñanza perpetua de renunciamiento, de sacrificio por la patria, de estoicismo y abnegación ejemplares. Nadie sino él poseía el terrible secreto de aquella enfermedad que golpeaba su organismo a traición. ¿Alejarse de la función de educar, vale decir, de gobernar? Para otros el renunciamiento del deber a cambio de la vida. En alguna noche solitaria, sin duda, puso en la balanza de su conciencia el peso del mandato popular y el de la vida propia, esfumándose. ¡Decidió! Sin decirlo a nadie, calladamente, como los grandes héroes de la república. Hoy lloramos sus restos, es decir, aprendemos su última lección.

Por eso se va de este mundo envuelto en aura popular. Sencillo y penetrante, el pueblo chileno adivina el secreto de los hombres, por el milagro de su intuición. Y hoy los rotos y los guasos, los amigos y los políticos, las mujeres y los ancianos, saben que don Pedrito se fue, por no dejar de dictar su lección cívica.

Así se explica el sollozo de la mujer anónima, la callada congoja del labriego cejijunto, el rictus amargo del que aprendió a amarlo en vida, la angustia que, como un manto, cubre a Chile de banderas enlutadas.

¡Hagamos de nuestro Dolor la fuerza creadora de nuestra Fe!

¡Así se construye Chile. Compatriotas!

Y ahora que doblan las campanas, que los cañones golpean como latidos sordos. Y que ríos de rostros forman el séquito, disfrutemos los chilenos el milagro de nuestro encuentro con el destino, De las grandes penas nacen los grandes propósitos. Una patria mejor, construida con justicia, surgirá de esta pena colectiva, Y ella será el homenaje que acompañe a don Pedrito, por los siglos de los siglos”

Así veían sus contemporáneos a Pedro Aguirre Cerda. Como la encarnación de la actitud estoica y del compromiso con los otros, especialmente con quienes menos poseían. Como el hombre que hizo de la educación, no sólo un instrumento de desarrollo personal y colectivo, sino la materialización de la forma de gobernar más virtuosa posible, y que sintetizó en estas palabras: “La Educación es el primer deber y el más alto derecho del Estado”.

Cito a continuación parte de la semblanza que el sitio web “Memoria Chilena”, perteneciente a la Biblioteca Nacional de Chile, hace de Pedro Aguirre Cerda:

“El gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941) fue el primero de tres administraciones sucesivas encabezadas por el Partido Radical. De estos, el suyo fue el único en permanecer en la memoria popular del siglo XX, al liderar el Frente Popular y llevar a cabo un gobierno que promovió la industrialización y la educación al servicio de los intereses populares.

Hijo de agricultores, nació el 6 de febrero de 1879 en Pocuro, cerca de Los Andes y quedó huérfano de padre a los ocho años. Para financiar sus estudios universitarios ejerció la docencia en varios liceos, mientras impartía clases en forma gratuita en escuelas nocturnas para obreros. Así, superando la modestia de sus recursos y con un gran esfuerzo, logró titularse como profesor de castellano y filosofía en la Universidad de Chile en 1900 y de abogado de la misma casa de estudios, cuatro años más tarde. Una vez recibido, fue profesor de Educación Cívica, Castellano y Filosofía en la Escuela de Suboficiales del Ejército, en el Liceo Barros Borgoño y en el Instituto Nacional.

Por esos años ingresó al Partido Radical y más tarde (en 1906) a la masonería. En 1910, continuó sus estudios superiores en derecho y economía en Francia y de regreso a Chile, inició una exitosa carrera política que culminó el 24 de diciembre de 1938, cuando asumió como Presidente de la República, apoyado por el Frente Popular.

En concordancia con su lema de campaña «gobernar es educar», uno de los ejes fundamental de su administración fue la expansión de la instrucción primaria, con la construcción de más de 500 escuelas y casi sextuplicando el número de alumnos matriculados.

Su gobierno también se destacó por desarrollar una activa política cultural. En 1939 promovió el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral, con quien lo unía una estrecha amistad, aunque ésta recién lo obtuvo en 1945. También ordenó elaborar un proyecto de ley para crear el Premio Nacional de Literatura que finalmente fue promulgado en 1942. En los sectores populares creó espacios orientados a la ocupación del tiempo libre de hombres, mujeres y niños.

Después de su muerte, la figura del presidente se consolidó en el imaginario popular a través de su viuda Juanita Aguirre Luco, quien siguió desplegando una activa función social que ayudó a realzar su propia figura y la de su esposo, como exponentes de una política popular puesta al servicio de los más desposeídos”.

En su último mensaje al Congreso Pleno, el 21 de mayo de 1941, de esta manera se refería el Q:.H:. Pedro Aguirre Cerda a los avances y a la prioridad que su gobierno le asignaba a la Educación:

“Si la Constitución Política señala como atención preferente del Estado la educación pública, el actual Gobierno da cima a esa función mediante el cumplimiento honrado de un programa de impostergables realizaciones.

Al niño desnutrido y semi-desnudo se ha alimentado y vestido para que su amanecer en la vida de cultura no constituya un nuevo germen de odio social o de depresión moral, y sepa, al mismo tiempo, que este régimen de democracia sana y bien inspirada, rodea su espíritu de una serenidad propia para recibir las diarias lecciones diarias del maestro.

Para atender el grave problema derivado de la indigencia escolar, se proporcionaron en 1940, más de 15.000.000 de raciones de desayuno y cerca de 11.000.000 de raciones de almuerzo, además de repartirse cerca de 200.000 piezas de ropa

Debo destacar ante vosotros que en el año 1939 funcionaron 3.931 establecimientos de educación primaria y que en 1940 ese número alcanzó a 4.214, lo que acusa un aumento de 283 escuelas. Además, en el año último funcionaron 37 cursos parvularios y 89 Grados Vocacionales.

Con el objeto de acrecentar la vitalidad nacional, el Gobierno ha puesto especial interés en darle también una orientación económica a la educación primaria, y al efecto desarrollaron sus actividades en el año pasado 42 Escuelas Talleres y 7 Escuelas Granjas.

No se ha detenido aquí la actividad creadora del Gobierno sobre este particular. En la actual Ley de Presupuestos se ha consultado la disposición de los recursos necesarios para la creación y mantenimiento de 12 nuevos establecimientos de Enseñanza Industrial.

Como Primer Mandatario de la Nación, nunca he olvidado las horas consagradas a la función docente, donde se conocen más que en ninguna otra las realidades de la vida. Una de ellas, y sin duda la más torturante para mi espíritu, por la injusticia que envolvía, era esa amarga estrechez económica en que debatía su noble vida el maestro, quien, además, debía soportar la incomprensión cuando no el desdén por su labor en la sociedad.

Como gobernante y como maestro, me es grato poner especial énfasis el despacho de la Ley N. 6,773, de 5 de Diciembre de 1940, sobre mejoramiento económico del personal dependiente del Ministerio de Educación Pública. El Ejecutivo, al someter a vuestra consideración dicho proyecto, lo hizo con la íntima convicción de que iba a contribuir a aliviar la situación de penuria económica en que se debatían los abnegados servidores de la educación nacional”.

Cobertura escolar, nutrición, vestuario, dignidad docente, desarrollo espiritual y material, son sólo algunos de los elementos que podemos apreciar en aquellas palabras. Casi ochenta años después, resuenan aún vigentes, lo que habla de un líder preclaro y visionario en materia educacional.

Conclusiones

A lo largo de este artículo se ha pretendido evocar alguno de los elementos característicos de la acción política de Pedro Aguirre Cerda, en torno a lo que fue su pasión a lo largo de toda su vida: la Educación.

Sus labores como profesor, como abogado, como estudioso del tema, como Ministro de Instrucción Pública, como parlamentario, como Presidente de la República y sin duda como masón, estuvieron teñidas de la búsqueda incesante de su parte, de lograr, por medio de la educación, el progreso material y espiritual del ser humano, especialmente de aquellos pertenecientes a los sectores más desposeídos.

En las páginas anteriores, se buscó exponer la evidencia necesaria que así lo demostrara. Por ello, al cerrar el texto, y con ello la retrospectiva, se deja enunciada la pregunta acerca de la vigencia de su pensamiento, precisamente en un momento histórico como el actual, en el que la batalla cultural en torno a la educación, ha sido ganada desde hace al menos cuarenta y cinco años, por quienes la conciben como un bien de consumo, adquirible en el mercado.

La idea de la educación como un derecho, como un deber irrenunciable del Estado, laica y promotora de valores y virtudes cívicas, parece extemporánea y ha sido reemplazada por el enfoque que se centra en la mera búsqueda de la prosperidad individual y que se olvida del colectivo.

No hay espacio para responder a tal interrogante en este breve artículo. Así que como dijo don Pedro tantas veces a sus alumnos, queda de tarea para la casa.

Sobre el Autor

1 comentario

  1. wampa:.

    Agradezco este articulo sobre un gran Político Un Gran Hombre que el Altísimo nos arrebató antes de tiempo, El su historia de vida me plasmo en mi camino de servicio, solo le falto ser bombero.
    Gracias

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